En el colegio, dos adolescentes se cruzaban cada día sin saber que sus vidas estaban siendo tejidas por manos ajenas. Adriel Zen era un fantasma, un chico al que nadie miraba dos veces. Vesper Daltrey era el blanco de todos los golpes, un flaco de moretones perpetuos que caminaba con la cabeza gacha. No había una razón clara para que se odiaran; simplemente, cada uno veía en el otro una amenaza. Adriel creía que Vesper se desquitaba con él sin motivo, y Vesper pensaba exactamente lo mismo de Adriel. Durante años, pequeños roces, insultos y empujones fueron alimentando un rencor mutuo que ninguno de los dos comprendía del todo, pero que ambos aceptaban como natural.
Todo cambió el día que un proyecto escolar los obligó a encontrarse en la casa de Vesper. Allí, en el silencio de una cocina sucia, la tensión explotó. Adriel, convencido de que Vesper iba a atacarlo, se preparó para defenderse. Pero al hurgar en los cajones de la habitación de Vesper, encontró algo que no esperaba: una máquina extraña, cubierta de polvo, con un código grabado en su carcasa: B-572. Al activarla, sintió un tirón en el pecho y, de repente, estaba de vuelta en el menú de su propia consciencia, con la posibilidad de cambiar los números y viajar a otros universos. Sin saberlo, Adriel había encontrado el pasaje hacia el infinito.
Adriel descubrió que cada combinación de letra y número conducía a una realidad diferente. Al principio, solo encontraba variaciones de la misma casa, de la misma vida. Pero pronto se topó con Vespers que no eran como el que conocía: algunos eran más débiles, otros más astutos, y algunos incluso parecían saber que él llegaría. También encontró universos donde él y Vesper nunca se habían cruzado, o donde incluso eran amigos. Esos universos le resultaban inquietantes, porque demostraban que su odio no era una constante, sino una anomalía.
Con el tiempo, la máquina se convirtió en su obsesión. Adriel comenzó a viajar con un único propósito: matar a todos los Vespers. Cada muerte le daba una satisfacción momentánea, pero nunca duradera. Al regresar a universos ya visitados, encontraba casas vacías o a un Vesper adulto, con hijos, que no recordaba quién era. Esas visiones le dejaban un vacío que no podía llenar.
No todos los Vespers eran iguales. Algunos se destacaron por habilidades o circunstancias únicas, y sus encuentros con Adriel marcaron el curso de su viaje.
Después de innumerables viajes y muertes, Adriel encontró a G-002. No era un guerrero ni un estratega; era un ser cansado, con ojos de quien ha jugado demasiado tiempo. G-002 confesó todo: él había matado a su propio Adriel por accidente, y en lugar de afrontar la culpa, había decidido divertirse. Viajó al pasado de otros universos y maltrató a los Adriels y a los Vespers, sembrando odio donde solo había indiferencia. Él fue quien provocó los primeros insultos, los primeros empujones, los primeros golpes entre Adriel y Vesper. Y luego, se sentó a observar cómo el rencor crecía y se extendía como una plaga.
Adriel descubrió que el Vesper original, B-572, nunca había querido hacerle daño. Él también había sido manipulado por G-002, y también creía que Adriel era su enemigo. Todo su conflicto, todos los años de desquite mutuo, no eran más que un experimento orquestado por un ser aburrido. La mayoría de los universos no tenían este odio; en muchos, Adriel y Vesper eran amigos o desconocidos. Su realidad era la anomalía, la excepción forzada.
Al final, G-002, al verse descubierto, se suicidó, dejando tras de sí pruebas de su manipulación: fotos, videos, registros de sus viajes. Adriel las encontró en el cuarto de relojes rotos donde G-002 vivía, y comprendió la magnitud del engaño.
Adriel, cegado por el odio, completó su misión: mató a todos los Vespers, incluyendo al original. Pero el odio no desapareció. El universo, como un mecanismo de defensa, se reajustó y todo comenzó de nuevo. Pero esta vez, los Vespers recordaban. K-995 formó un consejo, G-001 fue a cazarlo, y S-123 alió a Y-670 para emboscarlo. Adriel se encontró atrapado en un bucle de violencia que no podía romper. Era el final de la negación.
Adriel, incapaz de seguir matando o de enfrentar la verdad, optó por no hacer nada. Viajó a universos vacíos y se quedó en ellos, observando el vacío. No hubo reconciliación ni venganza, solo una pausa eterna. El odio no se disolvió, pero tampoco se alimentó. Era el final de la indiferencia.
Adriel encontró pistas sobre G-002 antes de completar la masacre. Decidió no matar a B-572 y fue directamente a buscar al titiritero. Pero sin haber recorrido todo el camino, sin haber entendido la magnitud de su propio odio, la verdad le llegó incompleta. Logró detener a G-002, pero el rencor hacia Vesper seguía latente. El ciclo no se rompió, solo se pausó.
Tras la masacre y el reinicio, tras haber conocido a todos los Vespers y haber entendido el engaño, Adriel regresó al universo original. Encontró a B-572, que también había empezado a recordar. No se atacaron. Se sentaron en una montaña cercana, al atardecer, y hablaron. Descubrieron que ambos habían sido manipulados, que sus años de odio eran un artificio. Lloraron juntos, se consolaron. Y por primera vez, se llamaron amigos. Este es el final que rompe el ciclo, el que devuelve la humanidad a ambos.
Canónicamente, este es el único final que cierra la herida del multiverso. La montaña se convirtió en el símbolo de la paz posible.
La historia de Adriel y Vesper no es una historia de héroes o villanos. Es la historia de dos víctimas que fueron moldeadas por un titiritero, y que solo al final descubrieron que su enemigo nunca lo fue. Neziledra —el nombre que Adriel encontró grabado en la máquina— no es más que el anagrama de su propio nombre, una pista de que el viaje siempre fue sobre él mismo, sobre su capacidad de mirar más allá del odio y reconocer al otro.
El multiverso está lleno de universos donde Adriel y Vesper nunca se odiaron. Esos universos son la prueba de que el conflicto no era inevitable, sino inducido. Y el Final F es la prueba de que el odio, por más profundo que parezca, puede ser desaprendido.